jueves, 11 de junio de 2026

La comunidad que construimos, es la comunidad que habitamos.

La comunidad que construimos es la comunidad que habitamos.

​Por: C. Mtro. Sergio Domínguez.

​Vivimos en un espacio que llamamos "hogar", pero a menudo olvidamos que nuestro hogar no termina en la puerta de nuestra casa; se extiende hasta la banqueta, el parque, la barda perimetral y el sentimiento de seguridad y estabilidad que compartimos. Un fraccionamiento no es simplemente un conjunto de viviendas; es un ecosistema social. Si dejamos que se deteriore, la consecuencia no es solo estética, es una ruptura de nuestra calidad de vida.

​El peligro de la "normalización"

Hace escasos días, se dio un incidente alarmante en nuestro fraccionamiento que alteró el orden y nos preocupó a la mayoría, pues, un par de criminales entraron por la mañana del día 10 de junio del presente año 2026 a nuestro fraccionamiento Burdeos Residencial (de la constructora de RUBA, en Sta. Fe, Tj.) ¿Con qué intención? A primera vista robar, sin embargo, la delincuencia no tiene honor ni principios rectos. Esto sucedió en una de las privadas donde se adentraron en las casas de algunos vecinos ¿Cómo carajos entraron? Alguien seguro dejó de hacer su trabajo y descuidó su posición. 

Esa mañana me levanté temprano, para alistarme a trabajar como muchos vecinos de costumbre lo hacemos, y apenas llegando a mi centro de labores, vi los mensajes de que algo no andaba bien. Más de alguno tuvimos esa sensación nauseabunda en el estómago de preguntarnos y pensar de golpe ¿Y si hubiera sido que entraron a mi hogar?  Aparte el escepticismo en la seguridad, cuando se supone que pagamos un coste por el servicio, alguien se infiltró desde dentro de los mismos trabajadores, o se brincó por un área ciega y descuidada del fraccionamiento, y otras versiones se decían. Como fuera, el mal se dio.

Al escribir estas líneas desconozco el reporte oficial (porque ni eso nos han informado de manera apropiada como fraccionamiento a través de nuestros respectivos comités vecinales por privada). Lo único que compartieron mis vecinos en el grupo de Whatsapp fue un video donde llevaban detenidos a los presuntos delincuentes. No hubo más información, solo quejas e incomodidades. 

El asunto, es que tras el preocupante hecho, la simiente del temor y la duda, ya se echaron en nuestro lugar que llamamos “hogar”. Y pregunta honesta vecinos, vecinas ¿A quién le gustaría vivir esto como si este tipo de cosas fueran algo normal? Ahí está el punto que necesitamos reflexionar. Eso que decimos “normal”, ya ha destruido tantos ecosistemas y ha transformado a seres humanos en verdaderos agentes del mal, en nuestra sociedad tijuanense, qué digo, en gran parte de nuestro México “Lindo y querido”.

El problema está en que el mal ya es algo “normal”, algo normalizado ¿Usted acepta la maldad en su vida y familia como algo normal?

 Y ahí está el error: ​

Tenemos una tendencia peligrosa: acostumbrarnos al mal. Nos acostumbramos al bache que crece cada mes, a la luminaria fundida o a la regla que se ignora. A la empresa que no da la cara cuando suceden desperfectos. Cuando decimos "así siempre ha estado" o "ya vendrá alguien a arreglarlo", estamos cavando nuestra propia fosa comunitaria. Las cosas no se arreglan solas. Esperar a que otros nos asistan es una postura que nos quita poder, libertad y conciencia del cuidado común.

​¿Acaso dejarías que una gotera en tu sala destruyera tu piso esperando a que la lluvia pare sola, o que las grietas en tu pared sean parte de decir “no pasa nada” ya lo arreglará la garantía? ¿En tu casa convives con la basura como si fuera lo mismo que tu familia, mascotas, ropa que usas, o alimentos básicos o objetos preciados? Suena incómodo, pero es lo mismo que ocurre con nuestra comunidad: si permitimos que la negligencia sea la norma, pronto la decadencia será nuestro único entorno.

​​De igual manera, la pavimentación de nuestras calles no es un "favor" que pedimos; el polvo aberrante que daña la salud de esos vecinos que están más expuestos en las orillas de nuestro fraccionamiento, es  un compromiso contractual y una necesidad humana básica para nuestra movilidad y seguridad. Cuando permitimos que las calles se degraden, estamos enviando el mensaje de que nuestra comunidad no tiene valor, somos unos “cobardes”, pesimistas del sistema y eso es una invitación abierta al abandono, al deterioro y mal funcionamiento de nuestro “hogar”.

​Es imperativo hablar de la honestidad con la que se venden los sueños: a muchos nos molesta la mentira, pero al confiar y ser traicionados la vida, y nuestra postura, ya no será tan bondadosa como lo esperan las inmobiliarias, para quienes a veces solo representamos un número más, un activo que cobrar. No es justo, y es profundamente falto de ética, utilizar narrativas de engaño para colocar propiedades y venderlas con mentira de crecimiento, o de que “sí llegarán los beneficios, usted cómprela, vivirá bien”. Vender un entorno bajo promesas de seguridad, plusvalía e infraestructura que no existen —o que se abandonan en cuanto se entrega la última llave— es una forma de violencia contra el patrimonio de las familias.

​Cuando una empresa vende un futuro que no tiene intención de sostener, ni mejorar, no solo está cometiendo una falta comercial, está erosionando la confianza social. Obrando con maldad y ventaja sobre seres humanos de carne y hueso. Sobre tú familia y mi familia. Las consecuencias de estas mentiras las pagamos nosotros: vivimos en un lugar que no se parece a lo que nos prometieron, con servicios deficientes y una seguridad inexistente y débil visualmente. El engaño tiene consecuencias, y nosotros, como comunidad, debemos señalarlo y rechazarlo. No podemos ser el terreno fértil para que otros lucren con nuestra tranquilidad.

​La analogía del barco compartido

Permítanme contarles una breve analogía que reflexioné estos días con lo caldeado e incómodo del asunto en nuestro contexto habitacional actual: 

​Imaginen nuestro fraccionamiento como un barco. Algunos cuidan la cubierta, otros lanzan basura por la borda, y otros simplemente miran cómo entra agua por una fisura pensando: "No es mi lado del barco, el agua llegará a ellos primero". La realidad es que, si el barco se hunde, nos hundimos todos. 

Cuando ignoramos una injusticia, cuando permitimos que la maldad y el egoísmo desplacen a la convivencia, estamos dejando que el agua suba. Lo que ocurre aquí es un reflejo a microescala de lo que sucede en el país: un tejido social desgastado por la indiferencia. Si nos convertimos en espectadores de la desidia, nos convertimos en cómplices del problema.

Afortunadamente, una gran parte de vecinos y vecinas tomamos con seriedad el asunto, y eso hay que hacerlo algo cultural y ejemplar, no político ni manifiesto de y hacia intereses particulares: una vecina nuestra, puso especial interés y lo sentí genuino y alentador a la vez; seguro muchos la ubicamos por su iniciativa y confianza, (no mencionaré su nombre para cuidar su privacidad y discrecionalidad vecinal) y que nos dio una pista luminosa de lo que debemos reflexionar tras lo sucedido, incluso y con mucho compromiso nos hizo llegar algunos documentos útiles y un reporte activo de las situaciones. Y ahí está el acierto: pasó de ver las cosas como una molestia particular a dirigirlo hacia un esfuerzo constructivo de la comunidad. Y eso, es oro puro para nuestros lúgubres tiempos de corrupción, valores reducidos a ideales y la maldad social que acucia en muchas esferas de nuestra fragmentada y doliente sociedad mexicana.

Al escribir estas líneas, espero que más de uno haya llegado a comprender que no le estoy dirigiendo este mensaje a gente conformista y mediocre, sino a ciudadanos libres y conscientes de lo que saben lo que cuesta en la vida amar, cuidar y proteger lo que se ha ganado con esfuerzo, lágrimas y muchas deudas adquiridas; pues, como vecinos -a veces ya somos indiferentes a los problemas de la comunidad- tampoco tenemos el hábito de respaldarnos a la hora de las injusticias, y solo hasta que algo grave nos pasa, quizá somos más sensibles. 

No esperemos a que la degradación sea total para intentar salvar lo que es nuestro. Ni esperar que vengan inmobiliarios defensores de nuestro patrimonio. A ellos sólo les interesa llenarse los bolsillos a costa de lo que sea y cuando convenga. 

La verdadera seguridad no la da solamente una barda más alta, ni el mejor sistema de seguridad o cámaras; la da la cohesión y la obligación ciudadana de hacer las cosas bien y no al azar o improvisando. La da saber que mi vecino y vecina de al lado, al igual que yo, no está dispuesto/a a aceptar que le vean la cara de tonto ni a vivir en condiciones indignas.

  • ​Participemos: Involucrarnos en las decisiones, exijamos cuentas a las empresas y no dejemos que nadie tome decisiones sobre nuestra casa sin nuestra supervisión.

  • ​Colaboremos organizada e inteligentemente: La integridad es contagiosa. Cuando muchos actúan con firmeza y exigencia, es mucho más difícil para quienes nos deben servicios justificar su negligencia. A través de los representantes de los comités vecinales constituidos, y siempre buscando lo justo y ético en cuanto a los compromisos legales y jurídicos. Como se dice coloquialmente “en bola pesamos más”.

​Nuestro fraccionamiento es el primer frente de batalla para recuperar el sentido de comunidad, y sobre todo porque aquí vivimos nuestra vida con dignidad y amor por nuestras familias. Si no somos capaces de cuidar y defender lo que es nuestro, ¿cómo esperamos cambiar el panorama general de nuestro país? No permitamos que la comodidad, la indiferencia y la “normalización de lo que está mal” de hoy sea el lamento de mañana, de nuestros hijos e hijas que heredarán tal vez, una parte física de nosotros, pero que es ya, un patrimonio honesto, que hemos trabajado con honor, esfuerzo y sacrificio. 

Exijamos lo justo y cuidemos lo nuestro, juntos.

UN DIOS CERCA DE LOS JÓVENES.

La comunidad que construimos, es la comunidad que habitamos.

La comunidad que construimos es la comunidad que habitamos. ​Por: C. Mtro. Sergio Domínguez. ​Vivimos en un espacio que llamamos...