miércoles, 24 de agosto de 2022

Nos sana la gracia de Dios, no nuestra propia naturaleza.

 





Por: S.A. Domínguez


El día de hoy, y luego de diversos sucesos que Dios me ha permitido guardar y meditar en el corazón, me han recordado una gran enseñanza:
Quién no se atreve a conocer sus propias heridas, nunca podrá ayudar a otros a sanar y aprender a vivir con tres aspectos fundantes de la condición humana: el desamor, el dolor y el fracaso.
Solamente Dios puede sanar y transformar una vida que desde su principio, haya sido herida por otros desamores, dolores y fracasos. La especie humana es insuficiente para entender lo que es sanar y hacer sanar a los suyos. El intento le salva de mirar su propia condición de fragmentación, pues la codicia y el afán del ego vertical le ciegan y le engañan.
Paradójicamente y aunque raye en el absurdo, es la condición humana herida, la que se abre al misterio de la gracia del Espíritu, que es y existe y que no puede hacer más que mostrar su propia naturaleza, limitada y menesterosa, para abrirse a la vida plena.
Al final queda la esperanza de que el día de mañana, nuestras heridas puedan sanar, con experiencias genuinas de amor, gozo y plenitud.

jueves, 22 de julio de 2021

"Siembra conmigo" El día más hermoso de mi vida.

 

“Siembra conmigo”.



Por: S.A. Domínguez

La semilla que Dios nos dio fue la de la propia vida que se da de una vez y para siempre; una vida que al saberse amada, perdonada y encontrada, hizo su propio proceso. Ciertamente, no fue algo apresurado, lleno de superficialidades y devenires, sino aquel, en donde el silencio y la fe adquirieron el sentido de lo sembrado como un “Siempre y como sea”. No sembramos semillas de ideales, en cambio, preferimos los planes; no sembramos con semillas de ilusiones vanas, por mucho certezas de un amor paciente que se gestaba en el silencio del “Sí”, sujeto al temporal y a las terribles tempestades y sequías que el porvenir nos presentaba ya desde entonces, un amor de tórtolos enamoradizos: intentar decidir cada día.

La semilla que Dios nos dio fue la del propio dolor; la de dos historias que se aprehendieron al sentido de lo inconcebible, lo imposible; la de los espinos y lo escabroso; de aquello que no está permitido, del desconocimiento y de los contrastes. Ciertamente, no fueron momentos de seguridad ni de ventajas, sino de incertidumbre y de dos voluntades puestas a prueba en medio de la obscuridad, de lo no claro: entregarlo todo, sin condición alguna.

La semilla que Dios nos dio fue la de la alegría de vivir; no en soledad, sino juntos, y no por una sola vida, sino para la eternidad; la del amor que se responde perdonando y en simple ternura de amar al otro tal como es. Ciertamente, cada amanecer juntos, piel con piel, en donde la respiración, y nuestra poca y esencial naturaleza humana se funden como una sola carne, nos exigen por siempre un “No” a lo que podría terminar por completo con el idilio construido desde hace ya más de un vasto tiempo: somos tan humanos como nuestras propias decisiones, tan humanos como nuestra propia fragilidad.

La semilla que Dios nos dio fue la de la fe que se vive y se comparte con los demás; una fe que sabe de realismo y del sacrificio diario sin ambajes, que se alegra con el que sonríe y que llora con el que ha perdido aquello que amaba. Ciertamente, tan grande don del Creador, no podría ser compartido sin antes no “verter la miel sobre la propia vasija”, y que las abejas tampoco harían su labor sin un fin mayor al de una simple y terrenal unión esponsal: mantenerse fieles así hasta el final, aunque duela, aunque haya dudas, aunque todo parece nublado, aunque hubiese otra historia por contarse.

 

La semilla que Dios nos dio fue la del amor verdadero; de aquel que se construye y se disfruta cada día…por eso siembra conmigo las semillas que Dios nos siga dando.

 

 


lunes, 16 de marzo de 2020

ARTÍCULO REFLEXIVO

"Una oportunidad de paciencia y esperanza."

Por: S. A. Domínguez SC

Y me detuve a mirar que nos cambió la percepción de lo cotidiano, y surgieron entonces distintos clamores; voces que entre sollozados pensamientos de incertidumbre por la vida ante la muerte, despertaron en las conciencias una esperanza genuina, que aburridas o quizá, preocupadas por lo banal, no se habían detenido en algunos años a mirar distinto, a mirar con rostro de humanidad, vulnerable e itinerante.
Las calles, las escuelas, los recintos religiosos, los países enteros, que ahora se vacían -o se distancian-, presagian la profecía de que por sobre todo, Dios, está al final de nuestras vidas y desde la comodidad de nuestra humana corporeidad, ajustando a sí, cualquier diferencia, para unirla en la comunidad de nuestras valías como personas, racionales y llenas de un espíritu, que ahora pasa la prueba de la paciencia. Porque ciertamente, y aunque nos resulte terrible escucharlo, hemos sido los mismos seres humanos los que hemos causado ya tanto mal a nuestro mundo, y más a nuestra especie. Ciertamente, no fue Dios quien quiere el mal de las personas, la enfermedad le aterra, en cambio, ama la vida y la generosidad ante nuestra frágil y pasajera existencia en este mundo. Tampoco fue Dios, quien se sentó en una mesa a decidir lo que le convenía o no a este mundo que entre escepticismo, vaguedad y desbordada alienación por la materialidad, y sí fue Él, quien, condenó que el odio y la violencia irrumpan día a día, en nuestra púgil e insostenible lucha de ideologías. Dios es más simple, es más humano que un humano, y mucho más inteligente para darle vida a conceptos como equidad, solidaridad, prevención o economía.
El fenómeno mundial conocido como "Coronavirus" en realidad, considero,- y pese a todas las bajas humanas que ha causado lamentablemente en estos meses- que es una oportunidad global para valorar primero la vida, a las personas y el significado de nuestra estancia aquí en la tierra; así mismo, es un paradigma atravesado por el hombre a través de la historia, que si con entereza sabemos leerlo, puede revertir el curso vertiginoso e insondable que tanto ir y venir en nuestras despiadadas e inhumanas formas de caminar en este mundo, que ha provocado solamente la tristeza y sin sentido. Es un tiempo que llama a la reconciliación entre hombres y mujeres, a luchar por causas comunes, dejar diferencias, buscar estar en paz como complemento.
La pandemia que vivimos en este momento de nuestra historia, acontecimiento que deja incierto a todo sistema y a toda persona, huele e invita a la paciencia para hacernos más responsables y humildes, de lo que verdaderamente importa en este mundo, frente a la soberbia y a la indiferencia que reina a cada minuto, y también, nos da la esperanza sincera, de que, al atravesar las dificultades prácticas del momento, sea en un futuro -y ya desde el presente- que nos convirtamos en una especie altamente evolucionada en el significado de la vida, el amor y la verdadera solidaridad.

UN DIOS CERCA DE LOS JÓVENES.

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