lunes, 3 de noviembre de 2025

AKASH BASHIR: Un joven justo y valiente

Por: S.A. DOMÍNGUEZ SC 


NOTA PARTICULAR DEL AUTOR 

    Pienso con toda la entereza de mi pensamiento, y con la sinceridad de mi espíritu, que si cada joven cristiano en nuestro mundo, le repitiera a sus propios temores y tentaciones, las últimas palabras que Akash Bashir profirió antes de su martirio, de “Moriré, pero jamás te permitiré pasar”, tendríamos más jóvenes dispuestos a amar con justicia y valentía el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo en medio de la soledad de los corazones de quienes se han alejado del amor y la ternura que brinda Dios Nuestro Padre, a todos sus hijos sobre la faz de la tierra.

Akash Bashir, es un modelo loable de santidad para los jóvenes de nuestro siglo, un profeta de la fe que se vive en la alegría del servicio al prójimo, y un ejemplo claro de la sencillez de los elegidos por Dios, a quienes muestra el rostro de su sabiduría eterna. Su causa, es la nuestra también. 

Su legado, supera cualquier frontera humana e ideológica. No hay credo más sublime que aquel que logra en sus fieles la capacidad de donar la propia vida por los demás. Su sacrificio cruento, aunque es humanamente trágico de aceptar, es para nosotros los cristianos, un don de Dios que se da para seguir construyendo la santidad de Iglesia Universal que Cristo bañó con su propia sangre.







sábado, 1 de noviembre de 2025

Diseñar la proximidad: La educación como gesto de esperanza en la era digital.

Diseñar la Proximidad: La educación como gesto de esperanza en la era digital

Por: S. A. Domínguez SC

​I. La Urgencia del mapeo interior

​El Santo Padre León XIV, con la reciente Carta Apostólica "Diseñar Nuevos Mapas de Esperanza", ha interpelado el corazón de la Iglesia a propósito del 60.º aniversario de la Declaración Conciliar Gravissimum educationis. Este documento, lejos de ser una simple efeméride, se alza como una brújula profética para quienes asumimos el noble —y a veces agotador— "oficio de promesas" que es educar.

​Desde la trinchera de la escuela católica, y con la sensibilidad puesta en la formación integral de los jóvenes, el mensaje papal resuena con una claridad meridiana: la educación no es una actividad accesoria, sino que constituye el tejido mismo de la evangelización. Es la forma concreta en que el Evangelio se encarna en la relación, el conocimiento y la cultura. En un mundo definido por lo que el Papa Francisco ha denominado la "cultura del descarte" (Evangelii Gaudium, 53), la educación se convierte en el antídoto fundamental, en un imperativo de justicia y en la expresión más alta de la caridad cristiana.

​La Carta nos invita a ser cartógrafos, no nostálgicos. La tarea es trazar rutas de sentido en un entorno educativo complejo, fragmentado y digitalizado. Esto exige una revisión valiente, pero jamás una claudicación ante la promesa de que, allí donde las comunidades educativas se dejan guiar por Cristo, no levantan muros, sino que se construyen puentes.

​II. Fe y Razón: La "Cosmología de la Paideia Cristiana"

​La Carta Apostólica subraya que la educación cristiana, a lo largo de los siglos, ha sabido custodiar la unidad entre la fe y la razón, entre el pensamiento y la vida. Esta es una herencia que debemos revalidar con rigor académico y compromiso existencial.

​El Papa San Juan Pablo II ya nos había advertido de los riesgos de la división en su encíclica Fides et Ratio (1998), al señalar que la fe y la razón son como las dos alas con las que el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. La crisis actual radica, precisamente, en haber roto a la persona, separando el deseo y el corazón del conocimiento.

​El Papa Benedicto XVI, por su parte, centró su magisterio en la necesidad de que la caridad sea informada por la verdad. Como el Santo Padre León XIV recuerda, la duda y las preguntas en nuestras aulas no deben ser prohibidas, sino acompañadas. El método es el de la escucha que reconoce al otro como un bien. Esta postura intelectual y pedagógica evita caer en el "iluminismo de una fides que se contrapone exclusivamente a la ratio" y nos llama a un conocimiento intelectualmente responsable, profundamente humano y abierto.

​El legado espiritual y pedagógico que la Carta exalta—desde San José Calasanz abriendo escuelas gratuitas para los pobres hasta San Juan Bosco con su "método preventivo"— prueba que la pedagogía en la Iglesia nunca es teoría desencarnada, sino carne, pasión e historia. Es la materialización de la proximidad que, en el carisma marista, como el mismo Marcelino Champagnat lo quería, se traduce en la presencia significativa entre y con los jóvenes.

​III. El nosotros educativo: Una obra coral y de cuidado

​La afirmación de que "nadie educa solo", es vital para nuestra labor pastoral como educadores comprometidos con la misión por el Reino de Dios. La comunidad educativa —docente, estudiante, familia, personal— es un "nosotros" en el que el agua fluye y nutre. En la experiencia de la pastoral juvenil, entendemos que la crisis de las relaciones y la inseguridad social pueden "apagar el deseo" de trascendencia y aprendizaje.

​Frente a la hiperdigitalización que fragmenta la atención, la respuesta de nuestras instituciones católicas debe ser un laboratorio de discernimiento, innovación pedagógica y testimonio profético. Esto implica, como nos enseñó el Papa Francisco en la llamada a la sinodalidad, aprender a dialogar con el corazón (Cor ad cor loquitur fue el lema del ahora copatrono de la misión educativa, San John Henry Newman). El corazón dialoga con el corazón, y la sinceridad toca más que la abundancia de palabras.

​Nuestra tarea, entonces, es triple, según el mandato final del Santo Padre:

  1. Desarmar las palabras: Porque la educación avanza con la mansedumbre que escucha, no con la polémica estéril.
  2. Levantar la mirada: Para saber a dónde vamos y por qué, manteniendo una visión de futuro.
  3. Custodiar el corazón: Poniendo la relación antes que la opinión y la persona antes que el programa.

​IV. Coreógrafos de la esperanza

​El llamado del Papa León XIV a ser "coreógrafos de la esperanza", resume poéticamente el desafío.

​Un coreógrafo no solo diseña pasos; da sentido y armonía al movimiento. De manera similar, los educadores estamos llamados a coordinar los pasos de la comunidad hacia la verdad. Nuestra fe no es un refugio nostálgico, sino una vela desplegada en la bonanza y un ancla de salvación en la tormenta. Al igual que los fundadores de nuestras congregaciones, somos llamados a trazar nuevos mapas para los millones de jóvenes que aún buscan acceso a una educación digna y, más aún, a una educación con sentido.

​Menos etiquetas, más historias; menos contraposiciones estériles, más sinfonía en el Espíritu. Esta es la hoja de ruta que el Magisterio, de Juan Pablo II a León XIV, nos ha entregado. Es la invitación a trabajar por una constelación que no solo brille, sino que oriente: hacia la verdad que libera, hacia la fraternidad que consolida la justicia, y hacia la esperanza que no defrauda. 

Nuestro compromiso como educadores católicos, arraigado en la humildad y la sencillez, y sobre todo en un amplio sentido del camino de fe que recorremos, encuentra en este mapa su nuevo horizonte y una tarea siempre presente para seguir construyendo el Reino del amor que Jesús nos vino a enseñar, ¿Cómo? Educando desde el amor a nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes.

miércoles, 9 de julio de 2025

La evolución del alma en el espejo del otro.

REFLEXIÓN PARA ESPOSOS

Por S.A. Domínguez

Me conmueve profundamente la idea de la vida en pareja como una invitación constante a evolucionar. Es un eco de aquello que Platón vislumbraba como el ascenso del alma hacia lo bello y lo bueno. Cuando nos unimos a otro, no estamos simplemente compartiendo un espacio físico o un tiempo. Estamos, en esencia, entregándonos a un proceso alquímico donde el otro se convierte en un espejo, a veces complaciente, otras veces desafiante, que nos obliga a mirar hacia adentro. ¿No es este el verdadero sentido del crecimiento? Despojarnos de viejas pieles, de los disfraces que hemos usado para protegernos, y emerger más auténticos, más libres. 

En esta danza, la individualidad no se disuelve, sino que se celebra. Es un acto de fe profundo: saber que al entregarnos, al abrirnos al otro, no nos perdemos, sino que nos encontramos, no solo a nosotros mismos, sino la expansión de un "nosotros" que es más grande que la suma de sus partes. Aquí, la huella de lo Divino se hace patente, pues en la verdadera unidad, la identidad del ser se revela con mayor claridad, como una chispa que regresa a su Hogar.

El Santuario de la Sanación Compartida.

La belleza de esta unión, lo sabemos, no se limita a las risas bajo el sol. Es en los valles de sombra, en las encrucijadas y los procesos difíciles, donde el amor se revela en su magnitud más sagrada.

Acompañarse, no es solo estar ahí; es ser ese refugio, ese puerto seguro cuando el alma zozobra. Y es un acto de profunda ternura abrazar las diferencias. ¡Qué necedad sería pretender que el otro sea una copia de nosotros mismos! Es en la singularidad del ser amado donde reside la riqueza, la posibilidad de ver el mundo con ojos distintos, de expandir nuestra propia comprensión. Este es el espacio que construimos, un santuario donde ambos pueden ser sin dejar de ser uno mismo, un don de libertad que solo el amor verdadero, ese que proviene de la Fuente de toda libertad, puede otorgar.

Unión que se da por amorosa gratuidad.

Pienso, con el corazón en la mano, en esos pilares invisibles que sostienen el entramado: la comunicación, ese hilo etéreo que une los corazones; el afecto, que se manifiesta no solo en los grandes gestos, sino en el café compartido al alba, en la caricia que tranquiliza un alma inquieta. Y el vínculo sano, ese fruto de un trabajo que es, sí, de dos. Un compromiso que se renueva cada día, no por la coerción de un deber, sino por la dulce y consciente elección. En la vorágine de este mundo ruidoso y disperso, ¿cuánto valor tiene un silencio cuidado? ¿Qué decir de una presencia real, que sin una sola palabra grita: "Aquí estoy, contigo, te veo, te siento"?

Es en esos instantes de quietud y presencia donde la magia se derrama, donde el alma del otro se siente verdaderamente vista y amada por la misma mirada con la que Dios nos contempla: sin juicio, con pura aceptación, y simplemente por gratuidad amorosa.

UN DIOS CERCA DE LOS JÓVENES.

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